Caliria es una ciudad infinita, imaginaria, que hace frontera con el miedo y la ilusión. Su peculiaridad es que cada habitante es bautizado con la bella mentira de pensar cada mañana que van a morir al día siguiente y además son dotados de una dosis importante de alegría y filosofía, por eso, viven cada día como si fuera el último haciendo aquellas cosas que abandonamos con la mansa rutina.
Caliria es justo lo contrario a ese defecto que tenemos los habitantes del planeta Tierra, ese ya lo haré mañana. Es una ciudad cuya forma de vida se basa en una bella mentira y es que todos morirán al día siguiente.
En nuestro planeta vivimos considerando un margen más amplio de vida, sin embargo todos deberíamos aprender de los "calirianos" y a sabiendas de que mañana saldrá el sol como cada día, visitemos al viejo profesor, nos quedemos un rato en salón con los niños, preparemos las tostadas, confesemos nuestro amor más profundo, y sobre todo, que seamos realmente felices…Vivir como si no hubiera un mañana.
Es temprano y ya saltas de la cama,
este lunes se podrá desayunar.
Hoy la vida si que untará tostadas,
y besos mañaneros que llevar.
Buenos días siempre en el trabajo,
de saludos se les llena el ascensor.
Ingenuos calirianos a destajo,
desempeñan con sonrisas su labor.
Niños que perturban las escuelas,
con sus vidas alteradas de cartón.
Comparten musarañas con la estela,
de sus cometas atadas de ilusión.
Que gran bella mentira, de cómo vivir la vida,
con el cronómetro en marcha, sin pisarse la falda,
A veces la vida nos pone en un aeropuerto cruzando sin maletas el umbral de una puerta donde pone Salidas, con la triste certeza de la futura soledad, y el bucle de los domingos por la tarde.
Esta canción empezó en un mágico instante de un invierno inacabable, cuando mientras iba conduciendo el coche se llenó de vaho y de repente en el cristal del copiloto se dibujó un viejo te quiero.
Llegó septiembre y te fuiste,
y dejaste un abrazo sonriendo en T4.
Ahora las tardes más tristes se ríen de mí,
por no estar a tu lado.
Llego mi turno y canción,
y me toca vivir en primera persona,
Lo que sucede en ficción, que te parta un avión,
y aterricen las horas.
Y entonces me ataca el momento y me siento un viajero que no tiene vuelo.
Y entonces me viene el recuerdo y te lloro la tarde y te echo de menos.
Y ahora soy como un viajero en casa,
recordando tus maletas en la cama.
Ahora soy aquel que no descansa,
de inventarse del tiempo la máquina.
Vuelvo a la fría rutina,
Y encuentro en los días vacíos tus huecos,
Vuelvo y el vaho de mi coche, se llena,
y dibuja un viejo te quiero.
Vuelvo donde te besé,
y repaso las fotos de nuestro recuerdo.
Vuelvo y se pone a llover,
alargando este frio y este infinito invierno.
Y entonces me ataca el intento y comparo los precios de todas las alas.
y a veces algún aeropuerto me encuentra perdido buscando tu facha.
Estamos hechos de canciones y es que somos Carne de Canción tal y como titula Carlos Galán su disco.
La vida va dándole al Play a un radiocasete imaginario y poniendo música de fondo a nuestros momentos, los que vivimos y los que echamos de menos.
Esta canción se me compuso sola con el tiempo que pase junto a los míos, aquellos a los que no hace falta explicar los rincones que esconde cada frase, aquellos con los que fui y por lo que ahora soy. Aquellos con los que tire los balones y las piedras que hoy rompen los cristales de mi memoria.
Los juguetes se quedaron viejos,
las tardes nos echan de menos,
poco a poco se nos pasa el tiempo
y solo quiero naufragar.
La vida es como un huracán,
tan corta como tus besos,
cada vez que me siento al mar,
con su ruido me despierto.
La mañana me robo la voz,
y mis gritos se los quedó el cerro,
son cicatrices como esta canción,
que van cavando este agujero.
Todo iba sobre dos ruedas,
que pinchan mis ilusiones,
dime con cual te quedas,
Si el tiempo se estrella y fugaz, no te asustes, vive sin más,
mírate en la pared y serás igual.
Échalo a pares y perdones, que en el hueco de tus pantalones,
Siempre quedará una moneda pa’ jugar.
Las mangas se quedaron cortas,
y no esconden ni un solo as,
los días de sol no importan,
si ya no sales a jugar.
Las cosas que veíamos lejos,
hoy se chocan con la realidad.
Que fueron de esos recuerdos,
quizás se los llevo el mar.
Los vinos se hicieron añejos,
nuestros planes nos extrañaran,
Las musas se mudaron lejos.
Y a mi me dio por cantar.
Quien nos tirara las piedras,
platos rotos de cristal,
son los balones de la guerra.
Como no podía ser de otra manera el magnifico grupo de mis amigos ahora llamado DVICIO puso música a esta canción que escribí de una forma a la par que emotiva, sensacional:
Vivimos de lo fácil, de lo absurdo de lo que pillamos en el primer cajón, alimentando nuestros huecos como peces de agua caliente domesticados.
Pasan los días y los cafés nos abren los ojos mientras nuestros sueños duermen y se dejan en manos del futuro presente en los posos. Pasan las mañanas y nos aferramos a los minutos, andando deprisa, fumando del aire, y encerrados en las pulgadas de los teléfonos que ya no traen mensajes en botellas. Envasamos al vacío los días, sin dejar escapar las sonrisas necesarias, perdiéndonos cuanto pasa y con la soberbia de posponer momentos que no se repiten en el tiempo. Vivimos sin acordarnos de vivir, de ser, y de que cada segundo es un grano de arena de un reloj que poco a poco nos tapa hasta que quedemos en la más profunda oscuridad.