Vivimos de lo fácil, de lo absurdo de lo que pillamos en el primer cajón, alimentando nuestros huecos como peces de agua caliente domesticados.
Pasan los días y los cafés nos abren los ojos mientras nuestros sueños duermen y se dejan en manos del futuro presente en los posos. Pasan las mañanas y nos aferramos a los minutos, andando deprisa, fumando del aire, y encerrados en las pulgadas de los teléfonos que ya no traen mensajes en botellas. Envasamos al vacío los días, sin dejar escapar las sonrisas necesarias, perdiéndonos cuanto pasa y con la soberbia de posponer momentos que no se repiten en el tiempo. Vivimos sin acordarnos de vivir, de ser, y de que cada segundo es un grano de arena de un reloj que poco a poco nos tapa hasta que quedemos en la más profunda oscuridad.

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